Vika
Viktoria Svenka se
detuvo en la línea donde la arboleda delimitaba el territorio y se
quedó inmóvil observando hacia la altura, hacia la negrura de la noche, y
la inmensidad de las coníferas.
Vika creería en eso hasta el último día de su vida, pero esa noche se encontraba parada junto a un enorme pino y su hermana no estaba, las cosas eran muy diferentes, y una vez más todo era su culpa.
Desde entonces las noches son demasiado largas para Viktoria.
Casi diez años antes, una pequeña niña rubia caminaba plácidamente por un prado, era primavera y el verde de las hojas era tan embriagador como el perfume de las flores, que habían abierto días atrás. Llevaba en su mano un conejo blanco, su objeto favorito en todo el mundo, según ella misma le había dicho a su madre. Parecía preocupada, cuando tomó asiento sobre la mullida hierba y acomodó al animal de felpa con delicadeza a su lado.
-. Quería que lo supieras por mí.- Dijo la niña. Pero el conejo no podía contestarle, con los ojos de vidrio y las orejas rígidas siempre en la misma posición, parecía estar congelado en un único instante.-. Mamá una vez me dijo que hay que decir siempre la verdad, aunque te haga llorar.- Al recordar a su madre varias lágrimas se agolparon en sus ojos, para luego bajar por sus mejillas rosadas hasta su mentón, y caer desde él, terminando en el vestido blanco que tenía puesto.-. La verdad es que mi mamá y mi hermana están enfermas, y las medicinas que necesitan son costosas, con el trabajo de papá no es suficiente, no alcanza. Así que le dije al soldado que vive en la cuadra que tenía que pagarle con otras cosas, él tiene una hija, va a saber cuidarte bien.- Enmudeció de repente, mirando una flor que se bamboleaba con el viento-. ¡NO ME MIRES ASÍ!.- Continuó-. Es mi mamá.. Y ES MI HERMANA. ¡NADIE IMPORTA MÁS QUE MI HERMANA!
Vika creería en eso hasta el último día de su vida, pero esa noche se encontraba parada junto a un enorme pino y su hermana no estaba, las cosas eran muy diferentes, y una vez más todo era su culpa.
La aldea de Priev había sido azotada por una epidemia de tuberculosis, Aglaya y su hija menor Marla Svenka, de 6 años de edad, habían sido contagiadas. La mayor de las Svenka era la que se encargaba de los quehaceres de la casa, y de conseguir las medicinas necesarias. Pero siendo tal la epidemia, tan caros los medicamentos y tanta la desidia del gobierno, lo que conseguían nunca era suficiente. Había ollas con agua hirviendo en toda la casa, para que ambas respiraran el vapor, durante tres meses las dosis eran aplicadas a medias, para aliviar los dolores y la tos. Pero cuando la enfermedad comenzó a avanzar sobre sus cuerpos cansados Vika tuvo que tomar una decisión silenciosa. Una decisión que jamás le contó a su hermana. Y su hermana, Marla Verónika, formó parte del pequeño porcentaje de los afectados que sobrevivió a la epidemia, luego de seis meses en cama. Su madre no, ella no corrió con la misma suerte.
Desde entonces las noches son demasiado largas para Viktoria.
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