gritar

Tengo ganas de gritar.
De gritarle a esa mina que se muera.
De gritarle a ese flaco que lo odio.
De gritarle a mi amiga que la amo.
De gritarle a mi viejo que no se vaya.

Cada vez que me siento vulnerable es 1992 otra vez. Es 1992 y estoy parada descalza en la vereda de mi casa. Siento el cemento irregular expandiéndose infinito bajo mis pies. Es febrero y hace calor, sobre mis hombros descansa un camisón blanco con vaquitas de San Antonio, que supieron ser rojas y ahora están rosadas, gastadas por el uso. Tengo el pelo revuelto en una maraña, igual que el corazón. Me quedo quieta mientras un auto se aleja, doblando la esquina. Es febrero y faltan tres días para mi cumpleaños, es febrero y también me falta mi papá.

Tengo ganas de gritarle a un puñado que me hacen falta.
De gritarle a otros que los quiero lejos, y que un poco los odio.
Odio odiar, odio estar en este lugar, sentirme vulnerable e impotente.
Haber perdido sin poderlo intentar.

Ahora es 2018, 20 de noviembre. Hace tres días internaron a Victorio, estamos esperando la llamada del veterinario. Hacen cambio de turno a las 20hs, son 19:42. Hace calor y estoy sentada en el pasto del patio de casa con mi hermana, otra vez estoy descalza. Olivia, recostada, nos mira desde lejos, no mueve la cola, parece que supiera. Una pequeña brisa intenta moverme el pelo pegado a la frente, sin suerte. Mi hermana y yo tenemos la mirada perdida en el cielo, estamos a escasos centímetros de distancia y la siento a años luz de mí. Llega mi vieja, son 20:01hs. Nos pregunta si llamamos y le decimos que no. Somos grandes, pero no tan grandes como para hacer la pregunta. Llama ella. Nuestras caras pegadas al teléfono ansiosas por escuchar palabras que no iban a ser. Me arrodillo en el pasto y quiero gritar. Es noviembre y tengo que decirle adiós a tus ojitos ciegos, a tu pelo enredándose en mis dedos, a tus besos infinitos. Adiós a las decenas de navidades acostados abajo de la cama después de las 12, a las tardes a upa y a la sonrisa esa que nunca nadie va a igualar. A la sonrisa esa que nos dedicaste antes de irte, cuando te fuimos a ver, cuando supiste que tu familia estaba ahí con vos, el último día de tu vida.

Tengo ganas de gritarle al destino, a los médicos y a Victorio.
A uno que lo odio, a otros que gracias, a Victorio que perdón.
Que los años de vivir juntos van a tener que esperar.

Es hoy, estoy sentada en mi cama y no hace calor. Escribo estas líneas con los ojos enrojecidos, con la nariz paspada y los dedos entumecidos. Si alguien me hablara ahora pronunciaría todas mis enes como si fueran des. Bajo mis pies descansa la sábana, la cama es de una plaza pero es suficiente, nadie me va a acompañar esta noche. Nadie necesita ver este show. Miro al techo y me desconozco, este vacío en el pecho, la angustia, el odio y la impotencia. No soy esta persona y espero que sea temporal, es una versión de mí que no quiero que nadie conozca, que no creo que nadie merezca. Es hoy y hoy le dije a un amigo que no me sentía sola, pero me estoy dando cuenta de que, por hoy, le mentí.

Tengo ganas de gritarle a esa mina,
a ese flaco,
a mi amiga,
a los médicos,
a Victorio,
a mi hermana
y a vos.

Tengo ganas de gritarme a mí,
que me amo, que soy suficiente,
que yo puedo, que todo va a estar bien.

Tengo ganas de gritar, y de la boca no me sale nada.

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