Fragmento de El Incidente. 2011.
La noche del incidente de la familia Dávalos el segundo hijo, único varón, regresaba en su auto de la facultad, como cualquier día normal; cuando llegó a la entrada y notó que estaba abierta. Sin dudarlo un segundo saltó del vehículo apenas lo detuvo, sin molestarse en apagar el motor.Sabía que lo que estaba pasando en el interior e iba a necesitar escapar deprisa; sabía que sus padres estaban adentro, sabía que dormían, sabía que una noche cualquiera hubiera entrado y cenado lo que su madre dedicadamente preparaba cada noche, sólo para él, y se iría a dormir, pero sabía que esa noche no iba a ser, y sabía, también, que Leona escucharía la puerta, como todas las noches, y se levantaría a recibirlo. Rogaba que esa noche no. Desde lo más profundo y puro de su alma rogaba que la niña no hubiera recibido a nadie esa noche. Tomás agarró una pesada barreta del asiento del acompañante y se dirigió con paso decidido al interior del lugar, pidiéndole a alguien en quién no creía que no fuera demasiado tarde. Sorprendió a tres individuos en la entrada, quienes al estar tan enfrascados en revisar las estanterías no notaron al muchacho, aunque sí sintieron el frío metal impactar en sus cráneos. Cuando derribó al tercero su cuerpo cayó contra un mueble, y al tocar su cabeza la loza, el costado contusionado se abrió levemente en una línea casi perfecta, dejando escapar a borbotones la sangre de su enemigo. Continuó su camino luego de un complaciente vistazo; lo único que interesaba era ella. Logró abatir a dos más en la cocina, y otro en el baño. Por lo que observaba en el lugar habían irrumpido poco antes de su llegada: la casa no se encontraba revuelta ni destrozada como solían dejarla, y el único rastro de sangre que había notado era el que él mismo había terminado de derramar. Atravesó el hall desierto y entró en su propia habitación: en las mismas condiciones. Continuó con la de su hermanita, con el corazón en la boca y el cuerpo temblando violentamente, pero tampoco halló nada; se escucharon ruidos provenientes del piso superior, en él existían el dormitorio de sus padres, un segundo baño y el estudio.
-. Nunca subís, siempre me esperás abajo.- Susurró entrecortadamente para sí.
La última habitación era la que había pertenecido a Eva alguna vez, los muebles aún la ocupaban, aunque vacíos sin uso. Abrió la puerta pero no quiso prender la luz, lentamente se acercó a la cama y debajo de esta algo se movió; con un atisbo de esperanza y prematura alegría se agachó para mirar, pero no fue lo que esperaba. Sin poder evitarlo, con una velocidad increíble, una sombra se abalanzó sobre él, pero lo saltó. El viejo gato de la familia aún se encontraba en forma como para correr de esa manera, volteó para verlo alejarse pero fue en vano, el animal había desaparecido al doblar en el hall, sin duda camino al exterior. Resopló con los residuos del susto aún en su piel y se incorporó con dificultad, mientras trazaba a toda velocidad un plan en su cabeza, era inminente subir y enfrentarlos, no importaba cuantos fueran, no se iba a ir sin ella. Pero algo lo distrajo, un débil haz de luz invadía el cuarto sin reparo y en ese momento había rebotado contra algo detrás de la puerta, vacilante se acercó y la arrimó, cerrándola; contra el rincón un porta retratos mostraba a los tres hermanos en una de las últimas vacaciones, con amplias y divertidas sonrisas en sus rostros, ajenos al presente. Los ojos de Tomás se llenaron de lágrimas y se arrodilló, sin soltar la barreta, para levantar a la pequeña Leona, quien con su largo camisón rosado sujetaba la imagen y lo miraba llorosa. Ella colocó su cabeza en uno de los hombros del joven y rompió a llorar sin consuelo, en un acto de puro silencio. Él la sostuvo en sus brazos con firmeza intentando transmitirle seguridad y se dispuso a marcharse, mientras la tenue aparición de la luna hacía brillar su rostro repleto en transpiración, y bañaba la rubia y enmarañada cabellera de la niña. Recorrió el camino de regreso al vehículo con sumo cuidado -cualquier ruido delataría su presencia- pero no fue necesario, los hombres habían logrado entrar al cuarto en el piso superior y unos golpes y alaridos de desesperación invadieron por completo la casa, con una velocidad perversa. Corrió ciegamente con la niña en brazos camino a la calle. Casi llegando a la entrada resbaló con el charco de sangre del que minutos antes se había enorgullecido y cayeron de espaldas chocando contra una de las bibliotecas que se desarmó en pedazos sobre el suelo. El ruido ahogó por un segundo lo que ocurría escaleras arriba, pero no lo detuvo. Escucharon los peldaños crujir con firmeza y se incorporaron. Él la tomó de la mano, y ella, sin dejar de apretar sus ojos en un desesperado intento por apagarlo todo corrió presurosa, sosteniendo con lo que quedaba de sus fuerzas la foto contra su pecho.
Una vez afuera el chico volteó para cerrar la puerta.-. ¡SUBITE AL AUTO!.- Gritó, mientras a través de la abertura pudo ver a cinco figuras acercándose hacia él.La escena pareció congelarse un instante. Enfrente suyo los hombres que corrían en su dirección se veían cegados por un odio que él no comprendía, con los ojos enrojecidos y casi salidos de sus órbitas no parecían humanos. Arriba los gritos de sus agonizantes padres taladraban su mente, como si en realidad estuvieran dentro de ella, suplicando y rogando una piedad que esa noche no viviría. Y afuera la pequeña Leona entrando al coche con los pies y el alma desnudos viviendo una realidad injusta en una cálida noche de verano que regresaría en sus sueños una y otra vez por el resto de su vida. Pero él sólo quería una cosa, una sola idea dominó su ser en ese detenido instante: que mamá supiera, de alguna manera, que los tres estaban a salvo.
Comentarios
Publicar un comentario