Dragones
De chica no jugaba con muñecas, y si lo hacía, mis muñecas siempre resolvían crímenes, viajaban a tierras extrañas y destruían imperios. Nunca se casaban.
La experiencia de mis padres me había dado suficientes razones para entender que domar dragones iba a ser más fácil que encontrar a alguien que me quisiera.
Con el correr de los años, mitad por falta de hegemonía, mitad por falta de interés construí a mi alrededor una coraza. Me dediqué a cosechar otros vínculos.
Y así crecí, esquivando promesas de papel. Estudiando de día y llorando de noche. Trabajando de día y llorando de noche. Dibujando de día, jugando de día, editando de día. Llorando de noche.
Pero en algún momento empecé a creer, algo en mí me hizo pensar que a lo mejor no era que yo estaba mal sino que no había encontrado a ese alguien. Miles de experiencias ajenas, miles de cartas, miles de gestos en redes sociales, fotos, canciones. El orgullo con el que se mostraban muchos. Si había tanto amor para dar ¿por qué no iba a haber para mí? Hubo algo que me hizo creer y prepararme para lo mejor. Me peiné y me puse mi mejor vestido. Hasta usé anillos, una vez, y me pinté las uñas.
Pero así como un día comencé a creer, un día pasó, y otro y otro más. A mí alrededor, las experiencias, las cartas, los gestos, las fotos y las canciones se desplegaban como en un desfile. Uno al que no estaba invitada. Esperé pero el mar de gestos, de cartas, de canciones no hicieron más que marearme y despeinarme. Me cansé del vestido y las uñas se gastaron. Terminé volviendo a donde me había quedado. Entendiendo que sí era yo y que para mí nunca iba a haber cartas, experiencias ni canciones.
A mí solo me quedaban los dragones.
Comentarios
Publicar un comentario