Valeria I
Un monitor iluminaba desganado la pequeña habitación. En un archivo de texto casi desértico se leía solo una frase: "Ayer conocí a una chica increíble". El cursor titilaba expectante tras la misma. Los dedos nudosos de Valeria tamborileaban torpes sobre el teclado. Ella estaba encorvada, con ambos pies sobre la silla, como en cuclillas. Esa posición la ayudaba a pensar, decía, o al menos la ayudaba a mantenerse calma. "Como un pucho", pensó. Se estiró sobre el escritorio y agarró una cigarrera de metal invadida de stickers gastados, la mayoría eran apenas un fantasma de lo que habían sido, el único que se distinguía todavía era uno de una silueta de un gato azul. "Al menos fumás armado" le recordaba Bárbara, su hermana, "pero fumás mucho". Valeria alzó la vista al techo con desdén, abrió la cigarrera, tomó un cigarrillo y lo dejó caer en el escritorio. Con el mouse seleccionó la frase en el archivo y la borró. "La chica que me gusta me invit´p a salir", tipeó frenética. Y volvió a borrarla.
-. La puta madre.- Susurró, cuidando la voz como si alguien pudiera escucharla, cuando hacía más de dos años que vivía sola. Se puso de pie mientras tomaba el cigarrillo del escritorio, lo encendió con un fósforo de la maltrecha caja que descansaba en el borde de la misma superficie y caminó hacia la ventana, dejando caer el fósforo apagado al suelo. Le dio una pitada larga al cigarrillo mientras usaba la mano libre para sacarse la bombacha de entre los cachetes del culo. Levantó la persiana de la ventana, el sol la obligó a entrecerrar los ojos. El reloj de led del local de enfrente recitaba 15:12hs, era oficial, hacía más de 24 horas que estaba sola y no hablaba con nadie más que consigo misma.-. La magia de ser freelancer, eh.- Sonrió.
Con el resto moribundo del cigarrillo encendió otro y pensó en su celular. ¿Dónde había dejado su celular? Recorrió la habitación con la mirada, aún en la oscuridad podía notar el caos que había dejado: había toneladas de ropa sobre la cama, la silla, el escritorio y el piso, entre las prendas, diversas botellas de alcohol, peligrosamente vacías. Se acercó a la cama, una cama de dos plazas donde hacía pocos días había compartido una noche increíble con la chica que le gustaba. Hoy esa cama se sentía enorme y poco atractiva. Revolviendo una montaña de ropa encontró la mochila y la dio vuelta, cayó su teléfono. Intentó encenderlo pero estaba muerto. Caminó al escritorio con el nuevo cigarrillo agonizante colgando de su boca. Abrió el primer cajón y sacó el cargador, lo conectó. Esperó unos segundos y encendió el teléfono, mientras prendía otro cigarrillo. Le dio la bienvenida una foto de Mandolina, su gato. El gato que había vivido tantos años con sus padres y que ya no vivía. Como ellos. La pantalla recitaba "2 llamadas perdidas". Desbloqueó el aparato con un patrón que simulaba una "V". Las llamadas eran de Bárbara.
-. La puta madre.- Repitió. También tenía varios mensajes de whatsapp de ella, de clientes y de alumnos. Ninguno le llamó particularmente la atención. Dos nuevos seguidores en instagram: eran emprendimientos de lencería. En esa red tenía más emprendimientos de lencería que amigos. En esa red y en la vida. 18 mensajes directos sin leer, "ojalá se respondieran solos", pensó con un gesto de hastío en la cara. Uno de los últimos era de ella, entró. Le había compartido un storie de un tercero que ya había caducado. Abajo, tímido, flotaba un "todo bien?". El corazón comenzó a latirle descontrolado en el pecho, quiso contestar pero la interrumpió una llamada de Bárbara.
-. ¿Hola?
-. ¿Dónde estabas, imbécil?.- Su hermana sonaba enojada pero no impresionada, como si fuese un juego que ya la había aburrido hacía décadas.
-. Laburando, en casa.- Mintió Valeria, había pasado las últimas 14 horas durmiendo, mientras que las diez anteriores había estado demasiado ebria como para recordarlas siquiera.
-. ¿Osea que si te digo que estoy abajo voy a poder subir y vamos a tomar mates en un departamento limpio y sin botellas tiradas por ahí?
-. ¿Qué mierda querés, Bárbara?
-. Voy a tomar eso como un 'no'. Y nada, quiero asegurarme de que estás viva, principalmente. No hace falta que te enojes, no te llamo para aleccionarte ni mucho menos, Dante quiere invitarte a cenar a casa mañana. Quería saber si querés venir, capaz te hace bien salir de tu casa un rato.- Valeria hizo silencio, la idea parecía prometedora, sus padres habían muerto en un accidente dos mese atrás, y desde entonces salir, trabajar, comer y hasta dormir significaban esfuerzos enormes. Tenía a Bárbara sosteniéndola a diario lo cual era un alivio y una enorme carga por partes iguales, no entendía cómo su hermana podía soportarla constantemente, cuando ella no podía devolverle ni un cuarto de lo que Bárbara le brindaba. Por suerte ella lo tenía a Dante, su marido, quien había sido siempre una mejor persona que cualquiera. Estaban casados hace un año, y si bien se conocían hacía solo tres, Dante y Bárbara eran de esas parejas que parecían conocerse hace cientos de años y aunque ni separados ni juntos eran perfectos encajaban perfectamente. Los admiraba por poder mantener un vínculo tan sano cuando ella solo sabía destruirlos, en treinta y dos años todavía no había dilucidado si era por miedo o por mera incapacidad, solo sabía que lo hacía metódicamente.-. ¿Hola?
-. ¿Eh?
-. ¿Me estás escuchando, Valeria?- Bárbara sonaba irritada.
-. Sí, perdón, me perdí en un hilo de pensamiento, puedo ir mañana.
-. Bien, caete a las ocho en casa.
-. Dale, ¿llevo algo?
-. ¿Un vino?
-. Un vino.
-. Nos vemos ahí. Cuidate, ¿sí?
-. Sí, te quiero Barcho.
-. Yo también, Vala. Beso.
-. Beso.
Valeria volvió a abrir instagram y el mensaje de ella. "Todo bien, vos? Disculpá, estuve tapada de laburo" escribió. Y presionó enviar. Dejó el celular en el escritorio y con otro cigarrillo recién prendido se asomó a la ventana una vez más.
-. La puta madre.- Susurró, cuidando la voz como si alguien pudiera escucharla, cuando hacía más de dos años que vivía sola. Se puso de pie mientras tomaba el cigarrillo del escritorio, lo encendió con un fósforo de la maltrecha caja que descansaba en el borde de la misma superficie y caminó hacia la ventana, dejando caer el fósforo apagado al suelo. Le dio una pitada larga al cigarrillo mientras usaba la mano libre para sacarse la bombacha de entre los cachetes del culo. Levantó la persiana de la ventana, el sol la obligó a entrecerrar los ojos. El reloj de led del local de enfrente recitaba 15:12hs, era oficial, hacía más de 24 horas que estaba sola y no hablaba con nadie más que consigo misma.-. La magia de ser freelancer, eh.- Sonrió.
Con el resto moribundo del cigarrillo encendió otro y pensó en su celular. ¿Dónde había dejado su celular? Recorrió la habitación con la mirada, aún en la oscuridad podía notar el caos que había dejado: había toneladas de ropa sobre la cama, la silla, el escritorio y el piso, entre las prendas, diversas botellas de alcohol, peligrosamente vacías. Se acercó a la cama, una cama de dos plazas donde hacía pocos días había compartido una noche increíble con la chica que le gustaba. Hoy esa cama se sentía enorme y poco atractiva. Revolviendo una montaña de ropa encontró la mochila y la dio vuelta, cayó su teléfono. Intentó encenderlo pero estaba muerto. Caminó al escritorio con el nuevo cigarrillo agonizante colgando de su boca. Abrió el primer cajón y sacó el cargador, lo conectó. Esperó unos segundos y encendió el teléfono, mientras prendía otro cigarrillo. Le dio la bienvenida una foto de Mandolina, su gato. El gato que había vivido tantos años con sus padres y que ya no vivía. Como ellos. La pantalla recitaba "2 llamadas perdidas". Desbloqueó el aparato con un patrón que simulaba una "V". Las llamadas eran de Bárbara.
-. La puta madre.- Repitió. También tenía varios mensajes de whatsapp de ella, de clientes y de alumnos. Ninguno le llamó particularmente la atención. Dos nuevos seguidores en instagram: eran emprendimientos de lencería. En esa red tenía más emprendimientos de lencería que amigos. En esa red y en la vida. 18 mensajes directos sin leer, "ojalá se respondieran solos", pensó con un gesto de hastío en la cara. Uno de los últimos era de ella, entró. Le había compartido un storie de un tercero que ya había caducado. Abajo, tímido, flotaba un "todo bien?". El corazón comenzó a latirle descontrolado en el pecho, quiso contestar pero la interrumpió una llamada de Bárbara.
-. ¿Hola?
-. ¿Dónde estabas, imbécil?.- Su hermana sonaba enojada pero no impresionada, como si fuese un juego que ya la había aburrido hacía décadas.
-. Laburando, en casa.- Mintió Valeria, había pasado las últimas 14 horas durmiendo, mientras que las diez anteriores había estado demasiado ebria como para recordarlas siquiera.
-. ¿Osea que si te digo que estoy abajo voy a poder subir y vamos a tomar mates en un departamento limpio y sin botellas tiradas por ahí?
-. ¿Qué mierda querés, Bárbara?
-. Voy a tomar eso como un 'no'. Y nada, quiero asegurarme de que estás viva, principalmente. No hace falta que te enojes, no te llamo para aleccionarte ni mucho menos, Dante quiere invitarte a cenar a casa mañana. Quería saber si querés venir, capaz te hace bien salir de tu casa un rato.- Valeria hizo silencio, la idea parecía prometedora, sus padres habían muerto en un accidente dos mese atrás, y desde entonces salir, trabajar, comer y hasta dormir significaban esfuerzos enormes. Tenía a Bárbara sosteniéndola a diario lo cual era un alivio y una enorme carga por partes iguales, no entendía cómo su hermana podía soportarla constantemente, cuando ella no podía devolverle ni un cuarto de lo que Bárbara le brindaba. Por suerte ella lo tenía a Dante, su marido, quien había sido siempre una mejor persona que cualquiera. Estaban casados hace un año, y si bien se conocían hacía solo tres, Dante y Bárbara eran de esas parejas que parecían conocerse hace cientos de años y aunque ni separados ni juntos eran perfectos encajaban perfectamente. Los admiraba por poder mantener un vínculo tan sano cuando ella solo sabía destruirlos, en treinta y dos años todavía no había dilucidado si era por miedo o por mera incapacidad, solo sabía que lo hacía metódicamente.-. ¿Hola?
-. ¿Eh?
-. ¿Me estás escuchando, Valeria?- Bárbara sonaba irritada.
-. Sí, perdón, me perdí en un hilo de pensamiento, puedo ir mañana.
-. Bien, caete a las ocho en casa.
-. Dale, ¿llevo algo?
-. ¿Un vino?
-. Un vino.
-. Nos vemos ahí. Cuidate, ¿sí?
-. Sí, te quiero Barcho.
-. Yo también, Vala. Beso.
-. Beso.
Valeria volvió a abrir instagram y el mensaje de ella. "Todo bien, vos? Disculpá, estuve tapada de laburo" escribió. Y presionó enviar. Dejó el celular en el escritorio y con otro cigarrillo recién prendido se asomó a la ventana una vez más.
Comentarios
Publicar un comentario