Los mejores dos meses de mi vida. Capítulo 0.
El sol se oculta tras las nubes hace tres días,
desde que llegó ella.
Los mejores dos meses de mi vida empezaron en Agosto del 2019
y terminaron hace tres días.
Cuando... sí, cuando llegó ella.
Mis viejos flashearon hace 30 años y me pusieron Índiga, sí, con acento en la primer I. Índiga por sensible, extrovertida, Índiga por sensual y carismática. Esperaban un montón y la vida les dio esto: una pseudo artista con mala memoria, poco autoestima e inclinación a las sustancias. Me quieren igual, y me tienen bastante en la cima, pero la verdad es que estoy más bien hecha pija. Nací en Capital y me crié en el conurbano bonaerense, vi más chumbos en vivo que vos en una serie de Tv, me pusieron un arma en la cabeza más de una vez y esa de "si alguien se para en el medio de la calle apuntando al auto vos te agachás y apretás el acelerador" la escuché un montón y la hice un montón. Pero me estoy desviando, evadir temas es uno de mis mayores logros en esta vida, así que imaginate, que esto va a ser un poco largo.
Mi nombre es Índiga, tengo 30 años y hace 64 días me separé de quien creía que iba a ser el amor de mi vida. Spoiler alert: no lo fue. Si te preguntás si estoy triste estoy muy lejos de eso, mi relación duró tres años, pero hacía por lo menos uno que tendría que haber terminado. No voy a entrar en detalles porque este diario no lo arranqué para hablar de eso. Empecé a escribir para llevar cuenta de mis experiencias como soltera, de esta gran etapa de libertad que se venía, que lejos de arrancar armoniosa, como todo en esta vida, arrancó con el caos.
Mi primer noche como soltera la pasé en la casa de mi ex, habíamos terminado de discutir y eran cerca de las 3 de la mañana, aunque tenía planes de contingencia y amigos a los que caerle a cualquier hora, me pareció bastante imprudente y hasta un poco delirante hacerlo, por lo que me acosté, lo más cercana al borde de la cama que pude y me dormí. Me desmayé. Una de mis grandes cualidades es la de nunca haber tenido problemas con dormirme, a veces generando problemas, de hecho. Me he dormido en el colectivo, en casas ajenas, en taxis, en fiestas de 15, en un boliche, apoyada contra una pared, esperando a mis amigos. Cuando decidí separarme hacía casi 10 días que no dormía, insomnio, una palabra que era nueva para mí se había convertido en un hábito. Pero esa noche sí dormí. Y cómo.
Mi segunda noche como soltera fue mucho más divertida, al menos para mí. Fui a cenar a lo de una amiga después del trabajo, ella, Ofelia, me había prometido embriagarme para ahogar las penas. "Tengo un porro y todo, vamos a estar bien". Cocinó vegano para mí. Ah, sí, además de tener un nombre horrendo y seguido un camino cuestionable a lo largo de mi vida soy vegana. Y tomamos vino, mucho vino. Y cuando digo mucho me refiero a tres botellas de vino. Éramos dos. Y Ofelia terminó vomitando. Yo zafé, porque tengo buena resistencia al alcohol, producto de incontables juntadas con amigos fisuras y porque, además, pongo en práctica el truco del agua. Me encanta el adormecimiento de la cara, el calorcito en el pecho y la soltura de la lengua que te deja el alcohol, pero no me encantan ni la descompostura ni el dolor de cabeza de después. Así que por cada vaso de vino me tomo, al menos, uno de agua. Este truco me aseguró estos dos meses de resaca free. Ofelia se reía de mi truco y bueno, terminó vomitando en el baño de su casa. La ayudé a acostarse y a taparse. Le lavé los platos y acomodé lo que habíamos ensuciado y me acosté. Pensé que me iba a costar dormirme, pero una vez más me desmayé.
Al otro día volví al departamento de mi ex a buscar ropa. Y de ahí me fui a lo de mi mamá. Mi hermana, que todavía vive con ella me había prometido otro gran plan: fumarnos un porro, hacer trufas y comerlas mientras mirábamos algo en Netflix. Planazo. Volver a mi casa, por una razón u otra siempre es divertido. Los horarios dentro de esas cuatro paredes no existen, toda percepción que uno tiene de la realidad se desdibuja, nada importa solo ser. Los mimos de los gatos, los perros y los nuestros son el único combustible que nos hace falta. Bailamos mucho frente al espejo gigante del living, es una costumbre muy adoptada por mi familia y casi toda la gente que conoce mi casa. Cenamos pizza, ese día no existió el veganismo, pero bajar la paliza emocional que me venía comiendo, con un pedazo de pan con muzzarella tampoco iba a ser la muerte de nadie. Después de cenar mi vieja, que iba a salir, decidió no irse. Mamá es una persona muy culposa, y todos sus hijos somos mayores de edad y la mar de independientes, le cuesta dejarnos solos. A lo mejor ella necesita que la necesitemos. Y cayó acá, con los tres seres más desamorados de la tierra. Hay cosas que no se dan como queremos. Como esa noche donde el porro y las trufas se tradujeron en irnos a dormir temprano.
Mi tercer día como soltera me recibió con un almuerzo y más mimos de gatos y perros. A la tarde volví al departamento con una de las personas más maravillosas que la vida puso ante mi camino: Olivia. Olivia lleva siendo mi mejor amiga casi la mitad de mi vida, no me imagino una historia sin ella. No me imagino una semana sin ella, si he de ser sincera. Oli y Facundo, su compañero de ruta, me acompañaron una vez más al depto para embalar lo último que me quedaba. De ahí partimos a mi nueva y actual vivienda, donde iba a compartir los mejores dos meses de mi vida junto a dos personas que se convirtieron tan rápidamente en mis hermanos que no me di cuenta: Gala y Federico.
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