El mensaje.
Al final, casi sin pensarlo, le mandé el mensaje.
Y me pregunté si se habría sonrojado, si habría sentido ese calor en el pecho. Si se habría acordado de mi perfume y del calor de mi cuerpo contra el suyo.
Me pregunté si me respondería algo igual. Si redoblaría la apuesta.
O si, tal vez le había dado exactamente lo mismo.
Muy bueno, poeta. Que siga siendo claro el llamado a escribir, aunque en ello se acuda al propio destierro, la incomodidad de la palabra que delata, los siempre incomprendidos sentimientos.
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