Manchi

Tengo atoradas en la garganta palabras que no puedo decir. ¿Cómo carajos es que llegué a acá? No tengo la más mínima idea. Bueno, en realidad sí. Puesto que todos los sucesos fueron lógicos y causales, ¿Qué? ¿Que si los vi venir? ¿Que si podría haber predicho esto? No tiene ningún tipo de sentido gastar energía en plantear esto ahora, ¿no?

Me siento delante del teclado y vomito incoherencias, vomito colores, momentos, sensaciones; ese vacío en el pecho que a la vez es un nudo. Recorro con la memoria todas las veces en las que el teclado fue mi única fuente de descarga. Las palabras se agolpan, los motivos se agolpan, pero no sale ninguno. ¿Por qué no puedo decir cómo me siento? ¿Por qué no puedo pedir ayuda?
Porque ya va a pasar, porque ¿para qué joder a los demás? Si cada uno tiene sus problemas ya, yo no quiero ser uno más.
En algún momento de estos treinta años asumí que compartir mis angustias era un problema para los demás. Y lo intento, pero a veces sé que me llevo mejor con el silencio.

Hoy hace 8 años. ¿Será por eso que me siento así? ¿Será una ensalada de todo? Pasaron tantas cosas desde entonces, tantas vidas. Aprendí a cuidarme y a quererme, sí, aunque todavía me queda un largo camino por recorrer.

Levanto la vista de la compu y veo a Manchi, mi perra. Mi perra que no es mi perra pero que sí se siente como tal, que en dos meses me vio llorar más veces que mis compañeros de piso. Manchi tiene dos camas, hace quince días, por un contexto que no vale la pena traer a colación, heredó una frazada mía. Quince días después, levanto la vista de la compu y veo a Manchi, acostada, no en su cama limpia y mullida, no en la cama en la que duerme hace años, no en la cama que tiene su olor, sino en mi frazada.

Levanto la vista de la compu, veo a Manchi y una mezcla de amor y nostalgia rueda cuesta abajo por mi mejilla, en forma de lágrimas.

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