La muñeca
Sentada en un estante, a la vista de todos (pero no al alcance) se encontraba.
Vestida de gasa y tul. Con el cabello largo y oscuro, opuesto a su tez, opuesta y delicada
combinación. Un rostro armoniosamente esculpido reflejaba a través de dos ojos verdes
profunda y eterna tristeza.
Todos dedicaban algunos instantes de su tiempo en observarla. Algunos por
única vez, otros se atrevían a regresar.
Uno entró a la tienda y decidió comprarla, parecía encantado. El tiempo lo
obligó a dejarla ir, y nunca más pudo sostenerla entre sus brazos.
Una vez por su cuenta la pobre muñeca se sintió sola y desprotegida, pero aún
así se negó a regresar. De lo contrario no lo hubiera conocido a él. Un mes logró pintar
en su rostro el edén, en un día el lienzo se rasgó, dejando atrás una obra que jamás
concluiría y la acompañaría para siempre.
A la deriva una vez más fue dada de caza por un nuevo seguidor, que a fuerza de
elogios y sinceridades sugirió miedo, y la muñeca recurrió a la antigua vidriera, donde
prefería vivir viendo pasar a morir pasando.
Pero el tiempo volvió a hablar, sonando por encima de ella, y un nuevo
comprador la reclamó. Indecisa no tuvo más remedio que obedecer, aunque de mala
gana. Los tiempos venideros construyeron un nuevo edén, aún más grande y prometedor
que del que alguna vez había oído hablar, pero este volvió a fluctuar y de a fragmentos
llovió sobre su cabeza. Con desesperación los tomó y comenzó a reacomodarlos, el
comprador se disculpaba, pero desaparecía cíclicamente después. Mares de pena
inundaron la mirada de la muñeca que alguna vez habría recuperado un atisbo de su
juvenil brillo. Palabras entrecortadas desgarraban su voz, desfigurándola, y un desfile de
líneas se situó en su rostro, ya cansado. Se dispuso a calmarse, y sentada observó el
desastre, pero ella no era capaz de arreglarlo sola, Se acurrucó bajo unos escombros y
cubrió con una tela su cabeza, a la espera.
Nadie sabe qué espera, y si eso llegará, pero teme tener que regresar a la lúgubre
vidriera, o peor aún al libre albedrío del exterior. Allí, bajo la empolvada manta carece
de seguridad, pero ya no se siente tan sola.
Vestida de gasa y tul. Con el cabello largo y oscuro, opuesto a su tez, opuesta y delicada
combinación. Un rostro armoniosamente esculpido reflejaba a través de dos ojos verdes
profunda y eterna tristeza.
Todos dedicaban algunos instantes de su tiempo en observarla. Algunos por
única vez, otros se atrevían a regresar.
Uno entró a la tienda y decidió comprarla, parecía encantado. El tiempo lo
obligó a dejarla ir, y nunca más pudo sostenerla entre sus brazos.
Una vez por su cuenta la pobre muñeca se sintió sola y desprotegida, pero aún
así se negó a regresar. De lo contrario no lo hubiera conocido a él. Un mes logró pintar
en su rostro el edén, en un día el lienzo se rasgó, dejando atrás una obra que jamás
concluiría y la acompañaría para siempre.
A la deriva una vez más fue dada de caza por un nuevo seguidor, que a fuerza de
elogios y sinceridades sugirió miedo, y la muñeca recurrió a la antigua vidriera, donde
prefería vivir viendo pasar a morir pasando.
Pero el tiempo volvió a hablar, sonando por encima de ella, y un nuevo
comprador la reclamó. Indecisa no tuvo más remedio que obedecer, aunque de mala
gana. Los tiempos venideros construyeron un nuevo edén, aún más grande y prometedor
que del que alguna vez había oído hablar, pero este volvió a fluctuar y de a fragmentos
llovió sobre su cabeza. Con desesperación los tomó y comenzó a reacomodarlos, el
comprador se disculpaba, pero desaparecía cíclicamente después. Mares de pena
inundaron la mirada de la muñeca que alguna vez habría recuperado un atisbo de su
juvenil brillo. Palabras entrecortadas desgarraban su voz, desfigurándola, y un desfile de
líneas se situó en su rostro, ya cansado. Se dispuso a calmarse, y sentada observó el
desastre, pero ella no era capaz de arreglarlo sola, Se acurrucó bajo unos escombros y
cubrió con una tela su cabeza, a la espera.
Nadie sabe qué espera, y si eso llegará, pero teme tener que regresar a la lúgubre
vidriera, o peor aún al libre albedrío del exterior. Allí, bajo la empolvada manta carece
de seguridad, pero ya no se siente tan sola.
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