Krodha - Capítulo 1

 "Estas bestias incultas no van a poder con nosotros" pensó Sardar, líder de los humanos del norte hacía dos décadas, mientras observaba agazapado, protegido por la altura de la montaña, cómo dos praedos adultos olfateaban el suelo debajo. El valle que se encontraba a los pies de la formación rocosa era estéril, producto de los incendios provocados por los mismos humanos para diezmar a estas jaurías de bestias en los Bosques Nevados. Los praedos eran depredadores de aspecto lobuno de hasta dos metros de alto, de pelaje largo y abundante, blanco y grisáceo, se movían en manadas de orden matriarcal y eran muy protectores de los suyos.
-. Pensé que estaban extintos - exclamó Syeda, compañera de Sardar, recostada sobre la roca a su lado, con el temor, escurriéndose terco entre sus palabras, aunque intentara ocultarlo. Tenía el pelo oscuro revuelto, como una nube alrededor de su cabeza, con gran parte pegada a la frente, desafiando a la vincha de cuero que debía servir para separarlo de su rostro. Sus ropas también eran de cuero, pantalones y una suerte de remera, ajustados al cuerpo lo suficiente como para facilitar la agilidad, pero sin ser asfixiantes.
-. Un grupo de exploradores nos alertó esta mañana. Parecen ser los últimos de la manada, o al menos fueron los únicos dos que vieron en meses. - Contestó Sardar, casi sin gesticular. Estudiaba sereno los movimientos de los praedos, mientras se recostaba con los pantalones de cuero y el vientre desnudo en el suelo, ¿de verdad eran los últimos?, ¿qué estaban haciéndo en ese terreno moribundo?, ¿por qué no intentaban huir o alejarse?.
   Mientras los dos humanos observaban, varios metros hacia abajo, los animales buscaban sustento. La hembra, de mayor tamaño, se llamaba Chaand. Observaba sobre su hombro a lo lejos, atenta a cualquier movimiento. Cerró los ojos y aspiró por la nariz, intentando cazar cualquier indicio de comida cerca. Sooraj, el macho, deambulaba en círculos, casi sin quitar la vista del hueco que habían cavado unos días atrás en la tierra, olía sobre las cenizas de lo que una vez había sido su hogar, con la esperanza de encontrar algo que se le hubiese escapado. Algo que callara el estómago de su, hoy pequeña, familia. Se alertó al ver correr a su compañera, aunque no abandonó su puesto. De un momento a otro, como saliendo de un trance, Chaand avanzó hacia el norte al galope y se alejó unos diez metros de Sooraj cuando se detuvo para enterrar el hocico en la ceniza, entre los restos de dos árboles. Alzó luego su cabeza en el aire, con el morro gris, esparciendo pequeñas partículas de residuo a su alrededor que continuaron flotando lentas, como si respondieran a otro código de tiempo, repitió la acción dos veces y comenzó a escarbar la tierra impetuosa. Sooraj se sentó al lado del pequeño hueco en el suelo y esperó, mientras la observaba. Pasados algunos minutos ella obtuvo su recompensa, sacó de la tierra un cadaver de cuatro patas semi calcinado, lo soltó sobre el suelo y lo olió. Llevaba varios días muerto, una semana tal vez, pero gracias al fuego aún era comestible. Tomó el cuerpo en sus fauces y se acercó a Sooraj, que la observaba esperanzado. Entre los dos separaron la parte quemada y la ingirieron, lo bueno lo tiraron al hueco. El animal era pequeño, un hervíboro, cachorro posiblemente, que había tenido la mala suerte de estar en los bosques cuando las tribus humanas los incendiaron. Chaand lo imaginó corriendo asustado entre los árboles ardientes, perdido de su propia manada, de su propia familia. Sintió pena, pero sintió alivio y también gratitud. El cachorro, sin saberlo ni quererlo, se había convertido en su sustento; en la salvación, tal vez, de su familia, porque no podían estar mucho más tiempo sin comer, y el panorama no se veía prometedor. Todas las manadas de praedos que conocían habían sido asesinadas y con los bosques calcinados hasta las raíces ningún otro animal iba a acercarse a ellos. Solo tenían dos opciones, la primera, adentrarse en el desierto de cenizas que antes habían sido los Bosques Nevados, rogando no quedarse sin aire antes de llegar al río congelado. La segunda, atravesar las tribus humanas que no estarían lejos. "Todo va a estar bien" pensó Sooraj, apoyando hocico sobre la de su compañera, ella asintió y mirándolo a los ojos pensó "Incluso cuando me haya ido, y me iré, mientras el sol brille alto en el cielo, mi amor por tí seguirá intacto". Luego se acurrucó a su lado, cerca del hueco. Pensó que mañana al amanecer, con la cabeza más despejada, podría trazar un plan. Pensó en su compañero, pensó en el hueco, y en las ganas de ver a su pequeña familia atiborrarse de comida bajo la sombra de un árbol. Con los ojos cerrados comenzó a adentrarse en la neblina del sueño, sin saber que los rayos del alba iban a encontrarse con su cuerpo muerto, con su sangre, una vez caliente y recorriendo sus venas ansiosa de una nueva aventura, derramada en la ceniza y en el hueco.



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