Los mejores meses de mi vida. Capítulo 2.

"No querés enamorarme
pero estás haciendo
todo lo contrario,
 infeliz"

       Vi al El pibe que escribe lindo cruzar la puerta del bar justo cuando el resto de la gente se congelaba en el tiempo. Primero dobló a la derecha, los nervios me arrancaron una sonrisa, enseguida se volteó y me vio. Se acercó a saludarme y, aunque yo había prometido comerle la boca de entrada, no pude. En ese microsegundo antes de que su piel tocara la mía me invadió una inseguridad desmedida y mi gran movida se vio reducida a un tímido e insípido beso en la comisura de sus labios. Toda la confianza que me había caracterizado hasta ese momento de la vida se consumió ante su impactante presencia. Era altísimo: sentado en el banco del bar sus piernas llegaban al piso cuando las mías se balanceaban sin remedio en el aire. Se disculpó por haber llegado unos minutos después, lo noté nervioso, ¿o tal vez incómodo? Hubo algo al principio que me hizo sentir que no le había gustado.

       Pedimos una cerveza cada uno y una porción de papas, casi sin pensar, para sumergimos en la charla que veníamos posponiendo hace tiempo. Con él ahí adelante mío no me importaba nada más, escucharlo hablar era casi hipnótico, quería perderme en sus ojos para siempre y cada vez que lo veía sonreír una parte de mí se desmoronaba y se volvía a armar sistemáticamente. La moza llegó con el pedido y tuvo que llamarnos la atención para que la viéramos, ritual que se volvería a repetir cada vez que nos trajera algo. Me habló de su trabajo, me preguntó del mío, me contó de su familia y yo de la mía. Hablamos de todos los lugares que habíamos visitado y de todas las veces que nos habían roto el corazón, mientras las pintas seguían desfilando. La estaba pasando tan bien, estaba tan embelezada que aún si este encuentro se reducía a esa noche, iba a ser la mejor noche en muchos años.

        Me levanté para ir al baño, algo que ameritaba después de tanta cerveza y él, sin permitirme bajar de la silla, pero dejando en claro lo que le pasaba conmigo me preguntó si le iba a dar el beso que le debía. Con las mejillas tan encendidas como el pecho me incliné sobre la mesa y, apoyando mi mano derecha en su carita hermosa lo besé. Cuando me alejé me dedicó una sonrisa que quedó grabada en mis retinas, me parecía hermoso de verdad. Hablamos de posturas políticas, debatimos, analizamos y le sacamos humo a nuestros peores secretos. No hubo un tema tabú durante esas horas. Y las pintas seguían desfilando, junto con los besos. Perderme en su boca era aún más estimulante que perderme en su mente, y que fuese un combo lo hacía perfecto. Tenía muchas ganas de sentir su piel contra la mía, el calor de su cuerpo contrarestando el frío que hacía afuera. Terminamos las papas en menos tiempo del que tardaron en venir y nunca nos acercamos a uno de los fichines, recuerdo haber elegido ese lugar con fichines "por las dudas" aunque nunca supe ni qué juegos eran. Porque estuvimos seis horas, seis horas en un bar escarbándonos la mente, antes de decidir irnos.

       Medio tambaleantes salimos del lugar, me preguntó que quería hacer, sabía que yo vivía cerca pero en casa estaba Gala. Me dijo que vivía solo y yo le sonreí, caminamos hasta la parada del bondi y lo agarré de la mano con la excusa de tener puestos unos tacos, cuando en realidad lo único que quería era tenerlo cerca. Charlamos más en el camino y en el viaje, pero no en su casa.

       En su casa mediamos muy pocas palabras, y eso que me quedé hasta la mañana siguiente. No tenía idea de que esa noche iba a convertir a los mejores meses de mi vida en una década entera.

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