Ella

      El anfiteatro se erguía imponente bajo el cielo estrellado, parecía una imagen de película, como si la ciudad entera supiera que ella iba a estar presentando su obra esa noche. Titubeante, un hombre alto de contextura robusta se aventuró al lobby del lugar, entre la audiencia. Había calculado llegar unos minutos antes de que comenzara el espectáculo. Los suficientes como para verla, no los suficientes como para que ella lo viera a él. Era tan alto como para recorrer a la muchedumbre con su mirada y buscarla, recordó, por su más reciente foto de perfil, que se había cortado el pelo, y en su mente tenía grabado ese nuevo peinado. Pero no la ubicó por el pelo, sino por su flagrante sonrisa: ella reía, como tantas veces, tomándose el pecho con la mano derecha, con los ojos chinos y el pelo oscuro en la cara. A su alrededor reconoció a sus amigos de siempre, esos que había visto tantas veces. En su casa, en eventos, en bares, en la calle. Ellos, que a diferencia de él, habían continuado a su lado después de todos esos años.

      Ese día era especial, ella presentaba una película, una que él se moría por ver. Por eso los de siempre estaban a su lado, por eso él no. La vio ahí, riendo, con la piel tatuada envuelta en un vestido rojo, ahí, con los labios haciéndole juego. La vio cumpliendo uno de sus tantos sueños, sonriendo, y siendo uno de los sueños de él. Una mujer se acercó por detrás de ella y le susurró algo al oído, acto seguido comenzó a guiar a los asistentes a la sala de proyección. Ella recorrió los rostros de los presentes en puntas de pie, aún en tacos le era difícil asomarse por sobre la mayoría de las cabezas. Él la miraba paciente, embelesado, como una de esas primeras veces. Como la noche en que la conoció, como la primera vez que se despertó junto a ella, como la primera vez que subieron a un avión juntos, como si jamás hubiese llegado la última.

       Durante un instante le pareció que ella también lo había visto, le pareció haberse cruzado con sus ojos negros, como tantas veces antes. En su casa, en eventos, en bares, en la calle. En su cama. Pero ella no reaccionó, no le sonrió, siquiera le sostuvo la mirada. Volteó y se perdió en la oscuridad de la sala, él, junto a un par de decenas de espectadores, hizo lo propio.

      Se preguntó si no lo había visto, o si tal vez ni siquiera lo recordaba.

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