Golpear
Últimamente vivo en esos días dónde la motricidad fina no es aliada, dónde por apuro o por querer hacer varias cosas al mismo tiempo para acelerar y terminas golpeándote un dedo contra algún mueble.
Congelándolo todo.
Excepto las lágrimas en los ojos.
Esas caen gustosas, como esperando su momento para salir. Como esperando la puerta para llorar. Y lloras.
Lloras primero porque te golpeaste, pero también porque hace meses estás encerrado, porque tu trabajo es un desastre, porque no llegas a fin de mes, porque nunca conectaste con tu familia y el tiempo apremia, porque tu papá se murió, porque un día tu mamá se va a morir también.
Lloras porque te golpeaste un dedo, pero hacía rato venías golpeándote todo lo demás.
Sacas el dolor de adentro, una lágrima a la vez y mañana te vas a sentir mejor.
O capaz te volvés a golpear.
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