Krodha - Capítulo 5
Eleonora llegó al lugar en un auto negro que no conocía, vestida con un atuendo oscuro que jamás había usado. Viajó en silencio en el asiento de atrás durante todo el trayecto, intercalando la mirada entre sus padres, que no estaban escuchando música pero tampoco hablaban. Sus pies no tocaban el piso, sus manos sostenían contra su pecho y con recelo un relicario. Cuando el auto se detuvo su madre, con la melena dorada recogida en un rodete y un vestido tan oscuro como el de la niña, bajó del asiento delantero, abrió la puerta para ayudarla a bajar y, aunque tenía lentes de sol sobre su rostro, aunque caminaba delante con determinación, aunque hizo todo el esfuerzo que pudo, no pudo ocultarle a su hija que estaba llorando. Recorrieron junto a su padre un camino de piedras hasta una edificación, los tres en silencio, los tres de negro. Ante la puerta enorme de madera se detuvieron, su madre inhaló una vez, reteniendo el aire varios segundos dentro de sus pulmones.
-. ¿Están listas? - preguntó su padre. Ambas, sin mirarlo, comenzaron a caminar, mientras asentían con la cabeza.
Adentro varios adultos los saludaron con cautela, a algunos Eleonora creía conocerlos, a otros no los había visto ni los volvería a ver jamás. Le daba igual. Una de las amigas de su madre la abrazó con excesivo ímpetu, la niña se limitó a mirarla incómoda, esperando que la soltara, aún sosteniendo entre sus manos el relicario. La mayoría, para su suerte, destinaba su atención solo a sus padres, como si ella no existiera. Le daba igual. Para Eleonora no existir cada tanto tenía muchos beneficios.
Aprovechó una distracción de su madre para alejarse del grupo y acercarse a la habitación contigua. Era una habitación pequeña, con una sola ventana. Dentro, iluminado por una lúgubre luz, se encontraba un solo objeto: un cajón de madera. En el interior del cajón estaba su abuela. De pie en la puerta Eleonora se sintió diminuta. Se acercó en menos de diez pasos, que en su mente se sintieron como cientos. Con el relicario aún aferrado entre sus dedos la contempló, no tenía miedo sino curiosidad. "Leli", su abuela, no se veía como retrataban a los muertos en las películas, no parecía estar durmiendo ni parecía estar en paz, solo parecía muerta. Tenía la boca y los ojos pegados, los agujeros de la nariz tapados con algo parecido al algodón. La habían maquillado para intentar ocultarlo, pero se notaba. Estaba amarilla a la vista, al tacto estaba fría y lejana. La carne bajo su piel comenzaba a endurecerse. Tenía los brazos un tanto hinchados, cruzados sobre el pecho, que parecía desinflado. Una tela con encaje cubría el poco pelo que aún descansaba en su cabeza. La niña se mantuvo inmovil durante largos minutos, sosteniendo el relicario y mirando a su abuela, mirando a su abuela y sosteniendo el relicario. Se acercó al cuerpo y tanteó entre la tela blanca hasta encontrarse con los pies, descalzos. Muertos también, como su abuela, como ella. Desde la ventana, la única ventana de la habitación, la miraba un aguilucho. Cualquier persona que lo hubiese visto hubiese jurado que el animal estaba llorando, pero Eleonora tenía ojos solo para su abuela.
El momento fue interrumpido por la presencia de otra persona, una adulta que Eleonora jamás había visto, la mirabada desde el umbral de la puerta, paciente. La niña se sorprendió, pues sabía que no debía estar donde estaba, pero la mujer no intentó escarmentarla, sino que se limitó a observarla. La miraba con los ojos con los que te mira una madre, una tía que te conoce desde el nacimiento, de esas que siempre quisieron acercarse y nunca supieron cómo. Aunque no era una mujer mayor, parecía, incluso, más joven que su propia madre.
-. Quería verla una vez más - Susurró, con la vista clavada en sus propios zapatos.
-. ¿La extrañás? - Preguntó la extraña, acercándose un paso, con las manos cruzadas detrás de su espalda. No la miraba a ella ni a su abuela, miraba a la ventana. Eleonora levantó la vista justo cuando el aguilucho levantaba vuelo.
-. Todos los minutos y todos segundos - Respondió la niña, apretando el relicario contra su pequeño pecho, aún sin atreverse a cruzarse con los ojos de la extraña.
-. Yo creo que ella va a vivir siempre en los suyos.- La extraña, alta, con el cabello corto por encima de sus hombros ahora miraba a su abuela.-. Creo que eligió bien, creo que va a vivir siempre en la sonrisa de cada uno de ustedes. - se sorprendió - De su familia, quiero decir.
-. ¿De dónde conocés a mi abuela?.- Indagó Eleonora, pero cuando levantó la vista, empapada en coraje para enfrentar la mirada de su interlocutora, en el umbral de la puerta solo se hallaba su madre.
-. ¡ELEONORA!.- La mujer parecía haber estado buscándola, preocupada.
-. Mamá, estaba hablando con.. .- Eleonora se detuvo al ver que estaban las dos solas en la habitación, su madre, sin escucharla, avanzó firme hacia ella, y tomándola del brazo derecho la arrastró a la habitación principal, lejos del cajón, con el relicario aún en su mano libre, firme contra su pecho.
A varios kilómetros del lugar, en una cueva pobremente iluminada por una fogada moribunda en el centro la extraña se hallaba de pie, con los ojos cerrados y las manos cruzadas tras su espalda, esperando. Del fuego brotó una llama que extalló en el piso en una enorme llamarada, cuando la llamarada de apagó, de pie frente a ella se hallaba otra mujer.
-. Me parece de muy mal gusto haberte expuesto de esa manera.- Dictaminó la mujer, quitándose ceniza de los hombros, con un gesto de desdén. Hacía siglos sus hermanas la llamaban Amelia.
-. Quería despedirme de ella.- Musitó la extraña, con los ojos aún cerrados.
-. Nosotras no mediamos, Altea.- Una tercera voz invadió la cueva al tiempo en que un aguilucho arribaba al lugar y se posaba en el suelo perdiendo sus plumas para darle lugar a una forma humana. Rabia, con el pelo enmarañado en una nube salvaje y los brazos cruzados sobre su pecho desnudo continuó-. Elena eligió su bando.- Un brote verde se irguió furioso y enorme junto a Rabia, de su interior emergió Edora, que se limitó a mirar a las demás silenciosa. La extraña abrió los ojos y señaló la llama en el centro del lugar.
-. Si la llama se apaga el mundo se apaga. Si el mundo se apaga, nos apagamos con él.- Sentenció Altea, la extraña, sin titubear-. No habrá humanos, pero tampoco bestias, ni flora, ni caos.
Ninguna contestó. El aire en la cueva era tenso, y aunque ni Rabia, ni Edora, ni Amelia lograron verbalizarlo, en el fondo las tres sabían que era Altea la que tenía razón.
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