Me preguntaste cuales eran mis conclusiones y suspiré, me preguntaste si iba a escribirlas y te dije que ya lo había hecho. Me es más fácil canalizar con letras que a través del diálogo, las letras no me interpelan, y aún así conocen mi costado más sincero, con ellas no finjo ni calculo, solo vomito. Vomito todo lo que siento como si así pudiera despegarlo de mi piel, cuando en realidad es parte de ella. Si a principio de este año me hubiesen contado cómo iba a estar terminando hubiese reído, tal vez histérica, porque, en el fondo, ¿quién no se lo veía venir? Empecé el 2019 viviendo en un monoambiente, con mi novio de hacía tres años, con una propuesta de recibirme junto a él, con mi perra y mi gata, con un trabajo que no adoraba pero era fijo. Con la idea de que la familia lo es todo grabada a fuego en el ser. Con una idea de quién era yo misma, enquistada en el pecho. Hoy miro hacia atrás y casi no me reconozco. Doce meses después vivo en una casa con casi ocho ambientes, con v...